22.8.09

Ya es hora...


En fin...
que no he vivido nada.


No sè què cosa es una guerra
y tengo como prisiòn al cuerpo
y el alma como campo de batalla.


Me debato entre la duda
de reflexionar o fluir:

esto es situarse en el palco de los espectadores,
o estar
en cada ìntimo instante del milagro.

Vivo de pedacitos,
pero aspiro a la totalidad,
es decir a Mozart y al poema que me redima
y me revele los espacios absolutos
y la nada.

Percibo de mi
los sitios màs secretos:
la alegrìa,
una tercera conciencia de las cosas,
la dualidad del pensamiento,
la ira pequeña
por lo que ya ocurriò.
Pero he vivido poco.
Veintiocho años.
Sin amores de piel
y un querer abandonar
esta espera que me señala la vida.

Anhelo la anarquìa,
el màs tierno desorden del amor,
la càbala
los relojes de arena y las cosas sencillas.

Quiero tener un destino trazado de antemano,
encontrarme con dios
y los abismos
y no tener conciencia de la llama.
Ser la llama misma y la aventura.

Pero vengo de soledades ùltimas,
de conversaciones que nunca concluyeron,
de espejismos que me miraron desde la infancia hasta ahora,
de abandonados jardines de rosas
que me hicieron víctima de una infancia
demasiado perfecta.
Y ahora sòlo llevo la leyenda
en mi valija al hombro,
con mi mochila de luz
creciendo arriba
de mi espalda.

Cuàn poco he vivido.
No conozco la guerra. Y tampoco la paz.
Me duele la orfandad,
el desarraigo,
el sentirme extranjera en cualquier sitio,
el no pertenecer
a una familia o a una patria.

No puedo narrar una batalla;
ni hablar del hambre y de la peste,
ni escribir la canciòn de algùn soldado herido,
ni hablar de la mujer apasionada,
ni decir còmo es un coito despuès de una llovizna.

Pero anhelo decir en el poema
que la vida me conmueve,
que respiro mejor cuando me entrego,
que necesito amar de la manera más simple y primitiva.
Me gusta la paz y la defiendo
y la guerra cuando es justa,
y el sabor de las naranjas cuando llega el verano,
que me gusta ser una y arraigarme en el cosmos,
y sentir que mi vida palpita al mismo tiempo que la vida,
aunque no haya vivido,
aunque mi hambre sea de infinito,
aunque no sepa expresar
que por alguna razòn precisa estoy aquì,
a punto de amar,
a punto de morir,
y de vivir...

He puesto las dos mejillas,
el cuerpo y la conciencia
en lo poco que he vivido.
Ya aprendì a pasar
por el ojo de la aguja,
es decir a perdonar sinceramente.
A dejar la piel en el alambre,
a dolerme desde los pies
a la cabeza.
Y cuando entendì que no sabìa defenderme de la gente,
respondì con una bofetada de ternura,
inutilmente,
aunque yo sè
que sòlo los dulces heredaràn la amarga tierra.
En fìn:
que no he vivido nada...
Y ya es la hora.

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