3.9.09

Lluvia











Plata limpia, monótona, inasible,
en este día de lluvia
y cielo mercurial,
el corazón del agua está soñando
con bandadas de pájaros
de vidrio,
y en la rama del rosal, se juntan la ausencia,
luces irisadas, y voces
de aluminio.
Hay como un ave gris
rondando en mi alma,
así de blanda,
así
de peregrina.
Es casi tarde, mi niñez descalza,
viene a buscarme por un largo río,
bajo un mar vertical
y aplomado,
como un rumor de Mozart lejano.
Salgo a su encuentro, quedo de su mano,
me desnudo en su piel, líquida cuna,
vuelvo a mi antiguo manantial,
me deshago,
gota a gota, pausada, mansa,
muerta.
Bajo un llanto de nubes,
sobre los charcos
somnolientos, reencarno,
soy de lluvia...


Y la lluvia sonríe, canta dentro
del cristal que me habita
y repercute
sobre un suelo ya antiguo
en otras lluvias, y otras tardes miradas
desde lejos.
Mi ventana de ver el mundo, abierta,
y mi puerta a algún náufrago,
descubro
que no hay puertas,
que nunca hubo ninguna
para abrir, ni cerrar... que estuve afuera.
Y esta lluvia...
La tarde me habla quedo
con voz cansada ya de días,
que repite y repite la aventura
no vivida,
y es su única aventura.
Que no sea la noche aún, imploro:
que esta penumbra vespertina se prolongue
y siga.
Que no llegue la sombra, que no arribe
la hora parda,
y el agua me columpia,
y recién nazco:
es temprano, necesito
de la gracia de un pétalo de tiempo,
del milagro de dar
mi voz exacta.
Un rocío ya apenas, esta lluvia
se ha quedado destellando
sus gotas perfumadas
en las corolas
amarillas y rojas de mi patio.
En cada gota –yo te absuelvo– escucho,
de la espina y la herida
que te hicieron o causaste.
Y bajo esta lluvia, el perdón, y mis rosales,
emplumada de gris, vuela la tarde.

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