11.11.09

La miel de lo verdadero...



Cada vez que se ponìa una máscara para tapar la realidad, fingiendo ser lo que no era, lo hacìa para caerle bien al enjambre.
Hasta que descubriò que sòlo atraìa a otros enmasacarados como èl,alejando a los sinceros de rostros desnudos,debido a un estorbo: su màscara.
Usaba la màscara por miedo,como para evitar que los demàs descubrieran sus debilidades,para fingir el amor y la amistad,y claro,despuès descubrìa que los otros no lo querìan en realidad,pues no lo conocìan,y lo que en verdad estimaban,era a su màscara y no a èl,asì que si perdìa a un amigo o a un amor,pensaba que realmente no perdìa nada,porque ese amigo, era en realidad amigo de su màscara,y en lo que respecta al amor,la abeja reina le favorecìa esos juegos absurdos,puesto que ella tambièn usaba màscaras muy chics,y a ella le convenìa tener al zàngano aislado ,ya que cuando èl se sentìa desvalido y asustado, y sus màscaras no lo ocultaban del todo,de inmediato acudìa a la abeja reina a protejerse del mundo...


Èl creìa que no lastimaba a nadie: se ponìa la màscara para evitar ofender a alguien y podìa ser muy diplomàtico,pero luego se daba cuenta que lo que màs alejaba y ofendìa a los demàs era esa cortesìa hipòcrita de su màscara de zàngano decente que volaba con correcciòn y no se atrevìa ni a zumbar.
Se ponìa una màscara cada mañana,convencido que era lo mejor que podìa hacer para ser reconocido y aceptado por los demàs,suponiendo que con su màscara serìa amado y aceptado y le darìan algo de miel.
Pero no tardaba en descubrir la paradoja: Lo que màs deseaba lograr usando sus màscaras,era precisamente lo que impedìa con ellas,pues la miel se la negaba la abeja reina como medida de control y los demàs no se la daban porque no sabìan quien era realmente.

Una vez,harto de ser tan hipòcrita quiso ser sincero,y se quitò la màscara que siempre usaba y fue a verse el verdadero rostro en el reflejo del estanque: No habìa nada ahì...aterrado,le preguntò a una mariposita que pasaba por ahì,què que era lo que veìa en èl. La mariposita lo viò con detenimiento,y luego le dijo la verdad: "Veo que eres un bicho algo hipòcrita y mentiroso,que te traicionas a ti mismo..."
El abejorro se enfadò mucho al escuchar la verdad,y entonces,con toda la hombrìa que logrò juntar, diò un empujòn a la mariposita que cayò al estanque y la pobre,se ahogò. Y el zàngano,sin importarle eso, de inmediato se puso de nuevo su màscara preferida de moscardòn zumbòn y muy machìn,y como un tierno y buen zangamilote fuè a refugiarse al regazo de su amada reina abeja,y no volviò a hablar nunca màs con mariposillas tontas y castrantes,y se convirtiò en todo un señor zàngano casado y formal y muy varonil,gracias a los femeninos cuidados de su reina,y no volviò a salir de los abarazantes y maternales brazos de su amadisima y respetable abeja reina, jamàs,hasta que ,por fin,se le pudrieron sus varoniles alas entre tanto verdadero amor y pegostiosa miel...



Moraleja: La mariposita tuvo su merecido porque no es femenino ni glamoroso decir la amarga verdad jamàs.

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