4.12.09

Los listos...


Ahì pasan los listos...

Siempre de prisa, alertas, husmeando
la màs leve oportunidad de poner a prueba
sus talentos, sus mañas,
su destreza al parecer sin lìmites.
Vienen, van, se reùnen, discuten, parten.
Sonrientes regresan con renovadas fuerzas.
Piensan que han logrado convencer,
tornan a sonreìr, nos ponen las manos
sobre los hombros, nos protegen, nos halagan,
despliegan diligentes su abanico de promesas
y de nuevo se esfuman como vinieron,
con su aura de inocencia satisfecha
que los denuncia a leguas.
Jamàs aceptaràn que a nadie persuadieron.
Porque cruzan por la vida sin haber visto nada,
sin dudas ni perplejidades.
Su misma certeza los aniquila.
Pero, a su vez, tambièn sus vìctimas suelen olvidarlos, confundirlos en la memoria
con otros listos, sus hermanos, tan semejantes, tan de prisa siempre,
tratando de ocultar a todas luces el exiguo torbellino que los alienta a guisa de corazòn.
Todo cuidado, toda prudencia,en nada vale con ellos,ni viene a cuento.

Su efìmera empresa de tomarnos el pelo, al final,ningùn daño logra hacernos.

Los listos, os aseguro, son inofensivos.
Es màs, cuando me pregunto adònde iràn los listos cuando mueren,
me viene la sospecha de si el limbo no fue creado tambièn para acogerlos,
sosegarlos y permitirles rumiar, por una eternidad prescrita desde lo alto,
la inùtil madeja de su inocua cuquerìa.
Ignoremos a los listos y dejèmoslos transitar al margen de nuestros asuntos
y de nuestra natural compasiòn a mejores fines destinada.
De los listos no se dice una palabra en el Sermòn de la Montaña.
Esta advertencia del Señor, deberìa bastarnos.


Ãlvaro Mutis.

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