19.3.10

El Coco y la Cocotrìz...


Prieto cambujo, caricarizo, tontodelculo y con bigotes de sobaco de chango...
Así era el Coco que salìa de debajo de las camas para jalarnos las patas.
De todos, yo era la más nerviosa, la más asustadiza.
Mi mamà regañaba a los chamacos: "No me anden espantando a m’ija", les decía. "El Coco no existe".
Pero yo les creía más a ellos porque traìan los pelos del Coco en la mano. Siempre les creí más a ellos,porque en el fondo todos sabìamos que esos chamacos,eran,nada màs y nada menos,que los hijos del Coco. El Coco se aparecía en las tardes, atraído por el aborregado olor de la avena con leche que hacìa mamà para la merienda y era perverso, despiadado con las gallinas a las que se comìa como botanitas. Cazaba niñas y se las llevaba a su mujer, la Cocotriz, para que ella las guisara en salsa de chile verde. El Coco tenía manos grandes y duras. Vestía overol de mezclilla y un gorro de estambre negro y caminaba con tenis Puma para no hacer ruido. A la espalda cargaba su costal, junto con el cuchillo cebollero. A veces, para despistar o para matar el hambre mientras agarraba algo, traía las bolsas del pantalón llenas de cacahuates. Gracias a su ubicuidad, el Coco acechaba en todos los rincones oscuros: en las viviendas de los temporeros,en las ruinas de la rancheria que se derrumbaba lentamente sobre la falda oscura de la Sierra,o en el camposanto viejo del pueblo,que ya no se podía enterrar a nadie ahì porque estaba lleno, o medraba el Coco en las azotea de la iglesia,o en los roperos ajenos. De noche, sus dominios se extendían a la vieja escalera de piedra y al patio del fondo, donde se tendía la ropa.
Por supuesto, en cualquiera de estos sitios podía ser conjurado, ya fuera apretando los ojos o, en los casos más graves, haciendo con los dedos la señal de la cruz y diciendo siete veces "dios en mi coco en ti la sangre de cristo se apiade de mi". Pero donde sí era señor absoluto era en los màrgenes del rìo. De noche le pertenecían por completo y papà tenìa que echar tiros para asustarlo y que no se metiera a la huerta a fumarse su marihuana..
En ocasiones, cuando no andaba muy ocupado comiendo niños, atendía un puesto de tiliches en la plaza de Victoria. Era desobligado, y cuando se emborrachaba le pegaba a la Cocotriz,hasta que un dìa la pobrecilla no soportò màs,y tomòlo por los pelos y a patadas lo echò del pueblo y luego ella se fuè Laredo y se consiguiò otro marido igual de impresentable, pero gringo y que le adoptò a los coquitos...
Esto me lo contó mi hermano, que nunca le tuvo miedo al Coco...


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