3.3.10

Vèrtigo blanco...


Estoy sentada junto al rìo,
y juego con una rama seca
mientras un perfume de vèrtigo blanco y lunero me marea:
es un suceso banal
que no pasará a la historia.
No son batallas ni pactos
cuyas causas se investigan,
ni ningún tiranicidio
digno de ser recordado.
Y sin embargo estoy sentada
junto al río, es un hecho.
Y puesto que estoy aquí,
tengo que haber venido
de algún lado y antes
haber estado en muchos otros sitios,
tal vez mi ausencia fuè silenciandose
en un baile de escarcha.
Pero tampoco conviene dramatizar las cosas.

(O sea, que no estoy tan mal.
Porque yo podré ser de vez en cuando un eclipse.
Pero nunca
un eclipse sin sangre de luz...)

El instante más fugaz
también tiene su pasado,
su viernes antes del sábado,
su marzo antes de abril...
y el nardo tiene un tallo fino
pero que tambièn echó raíces.
Y no fue ayer cuando el perfume de la flor
se formó entre los minerales de la tierra.
Y el río fluye desde hace siglos,
y el viento, para disipar las nubes
antes tuvo que traerlas.
No sólo la mentira
medra en el silencio.
Ni sólo a la muerte
sigue un séquito de causas.
Y pueden ser redondas
no sólo las joyas de la corona,
sino también las piedras solemnes de la orilla.
Complejo y denso es el bordado
de las circunstancias.
Tejido de hormigas en la hierba.
Hierba cosida a la tierra.
Diseño de olas verdes
en el que se enhebra un tallo.
Un tallo de perfumado nardo.
Por alguna causa yo estoy aquí
y lo miro y lo huelo.
Sobre mi cabeza una mariposa blanca
aletea en el aire y tambièn lo huele
con unas alas que son solamente suyas,
y su sombra sobrevuela el nardo,
no otra, no la de cualquiera,
sino su propia sombra.
Ante una visión así,
siempre pierdo la certeza
de que lo importante
es más importante
que lo insignificante...


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