15.4.10

El icerberg...



Sobre un enorme iceberg a la deriva por el Atlántico Norte, el Sensei y su discìpula Asumpta,discutìan por alguna disonancia cognositiva ajena al zen.

El debate era agrio, visceral,como los rugidos de un oso polar furioso y aferrado, y quizás ese debate hubiera durado días, meses, años...
Pero el iceberg no.

Al darse cuenta de ello,el Sensei (que era un experto en el tema del cambio climàtico), tomò su tacita de the y se fuè muy indignado hacia su lejano templo en la montaña màs alta de Osaka.

Y entonces Asumpta se quedò tan sola y tan triste y con tanto frìo que se le cayó la nariz, partiéndose la pobre en el suelo como un florerito. "Lo que me faltaba", se dijo, mientras se sujetaba la cabeza con las manos, temerosa de que también, de un momento a otro, se le desprendiera,y se le perdiera por causa del Sensei.
Pero tuvo suerte y solo se le cayó, gorda, una gran lágrima.
Y entonces pensò, suspirando, que al menos no tenía quien le llevara la contra en el iceberg,ni, desde que se fuè el Sensei, unas palabras zen para pensar,ni una risa alegre para contagiarla,ni flores hermosas para poner en agua,ni haikùs para suspirar, ni galletas de la suerte, ni màs nada...
Así que Asumpta siguiò allí de pie, inmòvil para no caerse del iceberg, frente a la puerta, con los brazos abiertos por si el Sensei volvía y entraba de improviso,como siempre,aunque ahora ella ya sin nariz y más triste que un copito de nieve en primavera.

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