20.4.10

Regalàndose al viento...



El pasto creciò a sus anchas.


En los descansos ajardinados que van de Bota al Maresme hay un cuadro de cèsped y los jardineros se olvidaron de cortarlo.
Cada que corrìa un tren, le dejaba su hálito ferruginoso. Las raìces lo sentìan pasar. Las lombrices interrumpían sus caminos.
A su antojo crecieron los pastos.
En otoño, los jugos de nubes,atravesaron la tierra como la aguja del toldero el espesor de la lona. Pastos y lombrices se sorprendieron con la novedad.
Al caer el sol, los porteros sacaban la basura de los chiringuitos y las fondas. Y aparecìan trombas de aves sobre los edificios. Revoloteando en las telas metàlicas de las azoteas, golondrinas,tordos y gaviotas desmenuzaban restos en su afàn de comer. Los ruiseñores se entregaban al aire,y desaparecìan mientras la tarde ascendìa. Otros pàjaritos azules y amarillos, salidos de las palmeras, se encontraban con ellos. Juntos formaban nubes. Desbaratadas por una marejada de viento, por el paso de un tren o por el golpe de un escape del camiòn de la basura,que iba a parar justamente sobre el cèsped.
Pasto crecido. Junto a los semàforos de la avenida, colores amarillo, rojo o verde lo teñìan segùn el orden de paso, y los demàs autos tambièn le echaban su estela de humo.
No era un cèsped ya el baldìo. Era casi un pastizal.
Mullido, atraìa a los enamorados. A los estibadores inmigrantes, que juegan al futbol mientras esperan trabajo, o se tambalean de drogas. A los vendedores de helados tambièn, cuando ganaba el calor y se sentaban. Y a los que cargando vasos de cafè trataban de hacerse oìr por encima del paso de los trenes.
Pero sobre todo,atraìa a los pàjaros, porque encontraban buena comida. Y a los insectos porque era una selva de refugios. Tambièn atraìa a los dueños de los perros.
Los perros eran ganosos, Àvidos de correr, de oler, de hacer necesidades.
Tenìan dueños de todas clases. Confiados, soltaban las correas. Temerosos, corrìan atados a ellos.Los perros sueltos y los perros atados se encontraban, gimiendo y olizcàndose. Los libres salìan disparados, persiguièndose, pero volvìan al oìr gritar sus nombres.
Hay una hora de la noche, cuando los enamorados se han ido a sus casas y los trenes paran, en que el rocìo cae sobre el cèsped. El hollìn resbala. Y cada pasto guarda una gota...Y los dìas de lluvia. Sòlo agua, lavando, susurrando, mojando. Ni persona, ni perro. Callado, el pasto abre la boca.
Un dìa, el intendente recorriò todos los jardines que van desde Bota hasta Maresme. Un polìtico habìa anunciado su visita.Y llegaron los jardineros.
Cortaron todo el pasto. De norte a sur, y de este a oeste.
Y el pasto que morìa cantò al viento.
Cantò el aliento y el trepidar del tren, el hollìn que baja, los jugos del otoño.Los porteros y los tambos de basura. Las lombrices. Los enamorados. Las luces del semàforo. Los vendedores de helados. Los insectos. Los perros atados y los perros desatados. Y los dueños de los perros. Los pàjaros. Los tomadores de cafè. Los niños crecidos y los que aprenden a caminar. El rocìo, el humo de los autos, la lluvia.
Cantó,con su voz de césped:
Esa su voz,la del perfume de pasto recièn cortado regalàndose al viento...

No hay comentarios:

Publicar un comentario