2.7.10

Las espinas...



Nuestros padres dijeron que iban a morir y que fuéramos nosotros a pasar los días venideros a casa de los abuelos; iba a pedir que no, pero, no pude. Tomamos el avión que partía el mundo. Y eran las nueve de la mañana cuando llegamos al jardín desconocido, y el sol centelleaba; las flores eran todas rosas y lirios; los lirios eran todos blancos; pero, algunos tenían una marca rosada en el medio, y las rosas eran rojas, blancas, amarillas, de todos los colores, color dalia, color leche; había tantas que parecía que no había ninguna. Había un perro que corría y jugaba, siempre delante de mí. Pero, cuando llegamos a la línea divisoria del pasado y el futuro, me detuve; la antigua fiebre reapareció de nuevo, el escalofrío; vi los días futuros en que desolada tendría que beber lagrimas, soñar cosas monstruosas, e iba a avanzar por la puerta diciendo que, así, yo nunca sería feliz, que… Nada dije; seguí envuelta en llamas. Cuando se abrió la puerta de la casa, vi la cocina blanca donde se trasformaban tantas cosas, los cuadros plateados, y entré dura y oscura como una vara, y besé, de lejos, a los familiares y la abuela vino con un platito de arroz con leche y el zurear de una paloma en la voz y siguió tras de mi...
Me decidí lentamente, y velozmente recordé a aquellas plantas que conservaban rostros y alas como si fueran santos o pájaros. Avancé con los ojos cerrados, bien abiertos; corrí, no por retroceder.
Me agarré a la primera hoja que se me tendió; los pies empezaron a hundirse; entonces todo fue más veloz, se me cayó la túnica, las hojas crecían con rapidez.
Yo ya era una rama, una retama; vi que casi, era, ya, una rosa...una rosa con espinas. El viento me mecía suavemente. Pero, a la vez estaba bien fijada a la tierra.
Así fue que morí de niña en la misteriosa casa de la abuela...

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