22.2.11

La piedra...


No era que aquel hombre fuese el único animal que se hubiese tropezado dos veces con la misma piedra. No fueron dos ni tres, sino muchas las ocasiones que se dió con las narices en el suelo.

Lo que nadie sabía –y menos este hombre- es que esa piedra estaba viva y cambiaba de lugar estratégicamente cuando nadie la veía.

La piedra le tenía cabreo, pues la primera vez que él tropezó con ella, le echó injustamente toda la culpa del incidente a la pobre roquita.

Ahora ella dedica su vida a atravesársele agazapada en los lugares y momentos más inesperados, soltando una muda carcajada pétrea cada vez que él se va de bruces...

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